Aperçu du sujet
El muchacho de Camagüey El muchacho de Camagüey se llamaba Carlos y tenía dieciséis años. Era más o menos de mi estatura, pero la flacura del cuerpo, consumido por el hambre, le hacía parecer más alto. Yo había viajado a Cuba con un grupo de turistas. Llegamos a Camagüey por
El muchacho de Camagüey El muchacho de Camagüey se llamaba Carlos y tenía dieciséis años. Era más o menos de mi estatura, pero la flacura del cuerpo, consumido por el hambre, le hacía parecer más alto. Yo había viajado a Cuba con un grupo de turistas. Llegamos a Camagüey por la mañana temprano después de un viaje de varias horas para recorrer la isla desde Santiago, al sureste, hasta la 5 Habana en el extremo contrario. El autocar se detuvo en una plaza, cerca de una iglesia, y nos bajamos todos para iniciar la visita monumental. Nada más pisar la calle, mientras el guía nos daba las primeras explicaciones acerca de la historia de la ciudad, se arrimaron a nosotros varios lugareños1. Carlos estaba entre ellos, pero permanecía apartado, mirando con vergüenza desde lejos hacia el grupo. Carlos, que había advertido mi atención, caminó a nuestra sombra, a pocos pasos, 10 vigilando todo lo que hacíamos. Después de explorar la ciudad durante un rato y de entrar en sus principales edificios históricos, el guía nos abandonó para que paseáramos a nuestro antojo. Me aproximé entonces a Carlos, que continuaba mirándonos como si fuéramos aparición o maravilla, y le pregunté si quería comer con nosotros. Tardó en responder. Le pedimos que nos llevara a algún lugar pintoresco de la ciudad que no nos hubiese enseñado el guía. Al oír la proposición dijo con voz 15 temblona que no había lugares de este tipo en Camagüey. Le expliqué que no buscábamos rincones artísticos o rarezas arquitectónicas, sino mercados, tabernas con bullicio o barriadas de las afueras en las que poder ver cómo vivía la gente. Dudó aún unos instantes, pero al cabo, comenzó a andar calle arriba delante de nosotros. Después del vagabundeo por la ciudad, buscamos un restaurante para comer. Cuando 20 estuvieron los platos servidos, comenzó a engullirlos con felicidad. Nos miró por primera vez en todo el día con confianza. Le pregunté entonces, bromeando, si ahora que tenía el estómago lleno podía abandonar por fin las precauciones. Se rió y comenzó luego a contar apaciblemente cuál era la causa de sus recelos2. En Camagüey se detenían cada día varios autocares de turistas como el nuestro para ver la 25 ciudad. Unos meses antes del día en que nosotros estuvimos en Camagüey, había llegado a la ciudad uno de esos autocares, cargado en esta ocasión de turistas colombianos. Carlos abordó