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Una verdadera amistad Natercia tenía la piel muy clara. Sus padres eran mulatos, descendientes de antiguos colonos europeos que en el pasado habían tomado como amantes a mujeres negras. Las cosas no les habían ido mal: poseían una pensión en la capital del país, y con el dinero que ganaban
Una verdadera amistad Natercia tenía la piel muy clara. Sus padres eran mulatos, descendientes de antiguos colonos europeos que en el pasado habían tomado como amantes a mujeres negras. Las cosas no les habían ido mal: poseían una pensión en la capital del país, y con el dinero que ganaban habían podido mandar a su única hija a un colegio de monjas1, donde solían educarse las 5 niñas más acomodadas de las clases populares. Había también algunas crías2 de familias desgraciadas3, que estudiaban tuteladas por la orden. Toda su vida en el colegio estaba marcada por la diferencia: entraban por una puerta distinta, más pequeña y menos adornada que la principal, llevaban un uniforme mucho más modesto; se sentaban al final de la clase, en los bancos del fondo, y no regresaban a comer a sus casas, sino que lo hacían en el comedor 10 del convento. Casi ninguna de las niñas del colegio les dirigía la palabra. Salvo Natercia, que las había observado atentamente desde el primer día y había sentido de inmediato una intensa compasión. Tenía una imaginación muy viva y casi estuvo a punto de llorar cuando las demás se pusieron a cuchichear en el patio mirándolas de reojo y contando las noticias sobre ellas 15 que les habían transmitido las mayores. Le dio por pensar cómo habría sido su vida si ella hubiese nacido en una de esas familias. A la mañana siguiente, robó una manzana y, a la hora del recreo, se acercó a una de las niñas que permanecía aislada de las otras, apoyada contra las plataneras, como si buscase refugio en ellas para que nadie la atacara. 20 Natercia le sonrió: – ¿Cómo te llamas? La cría la miró enfurruñada4, pero tal vez la sonrisa de Natercia la animó a contestar: – Ilda. – Yo soy Natercia. Mira lo que te he traído. 25 Y le dio la manzana. Ilda la miró con los ojos asustados, como si aquel regalo fuese una trampa. – Es para ti, la cogí de mi casa. Tómala… La niña se decidió al fin y cogió la fruta. Pero atemorizada ante la idea de que alguien pudiera verla y pensar que la había robado, se giró para comerla de espaldas al patio. Natercia 30 se acercó a ella y le dio un beso rápido en la mejilla. Luego echó a correr y se incorporó a su grupo de