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UN HOMBRE EN EL LABERINTO Cuando entró en el ascensor arrojó al suelo las bolsas de la compra. Estaba cansado, hacía calor y la jornada de ventas no se le había dado bien, al igual que el resto de la semana. Llevaba meses promocionando unos refrescos americanos que intentaban colonizar
UN HOMBRE EN EL LABERINTO Cuando entró en el ascensor arrojó al suelo las bolsas de la compra. Estaba cansado, hacía calor y la jornada de ventas no se le había dado bien, al igual que el resto de la semana. Llevaba meses promocionando unos refrescos americanos que intentaban colonizar el mercado nacional. Esa misma tarde tendría que 5 argumentarle al jefe de zona las razones de su fracaso y volvería a contarle lo mismo que otras veces : que todavía era pronto para el producto porque el verano aún no había comenzado, que los clientes no querían arriesgarse con una marca casi desconocida, que preferían los zumos cien por cien naturales y que las ventas eran así, dirigidas por el azar, porque a veces lograbas con éxito y casi sin 10 esforzarte cuatro visitas consecutivas y otras, en cambio, podías pasar cuatro días desastrosos. De pronto el ascensor se paró. Lo hizo a la altura del último piso, el ático donde Samuel vivía. Pensó que definitivamente estaba pasando una mala racha1. Presionó varias veces el timbre de urgencia. Nada, ninguna reacción. Volvió a llamar. Por fin 15 escuchó una voz : era la mujer del jefe de escalera. - ¿Quién anda ahí ? - Soy el inquilino del ático2, señora. - Ah, ya, el nuevo. - Bueno, no tan nuevo, me mudé hace más de año y medio. 20 - Ya, ya, lo que usted diga, pero aquí vivimos los de toda la vida menos usted. ¿Pero qué ha hecho, cómo que se ha quedado atascado en el ascensor ? - Pero qué dice, señora, no he hecho nada. De repente se ha parado. - Ya, vete a saber. Mi marido acaba de llegar del trabajo y el pobre sólo tiene 25 una hora para comer. Y sabiendo cómo se pone si le molestan cuando está comiendo, desde luego que no le voy a decir nada. - Pero tendrán una llave para abrir la puerta del ascensor. - No sé, no sé, de estas cosas se encarga mi marido. - Pues si le parece bien podría llamar a los encargados del mantenimiento. 30 - ¡Uy!, vete a saber dónde está el número de teléfono. - Tal vez podría llamar a información y preguntarlo. - Bueno, bueno, cálmese, ahora veré lo que puedo hacer. Enseguida aparecieron otras vecinas. Samuel veía sus figuras difuminadas, esquemáticas, como si sólo fueran manchas. (...)