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El refugio de Itziar Lo que más le gusta a Itziar es el momento en el que se apaga la luz y la película está a punto de empezar. Ese instante único en el que va a inaugurarse el mundo. Su manera de entrar en las vidas ajenas es ir
El refugio de Itziar Lo que más le gusta a Itziar es el momento en el que se apaga la luz y la película está a punto de empezar. Ese instante único en el que va a inaugurarse el mundo. Su manera de entrar en las vidas ajenas es ir al cine. Así retrasa el proceso contrario, el comienzo ineludible del fin de semana en el que las vidas de los otros 5 se adueñarán de la suya1. En casa está repartida y cada uno pide su ración de tarta. Una tirita2, dónde guardamos las tiritas. Un bolígrafo que escriba, qué hacemos esta tarde, que hay de cena, qué compro en el mercado, la calefacción no funciona bien…A veces se olvida de lo que es estar sola. Un planeta cuya órbita sólo existe para reflejar a los otros. Por eso va todos los viernes a la sesión de las cuatro. Con 10 el tiempo esa cita semanal se ha convertido en la hora del recreo. Las salas oscuras que de pronto se iluminan con una historia completa son su guarida3. Un sitio anónimo que considera su casa. Sabe que más tarde, nada más llegar a casa, Tomás le volverá a preguntar de dónde viene y le reprochará que también trabaje los viernes por la tarde. 15 -Si son sólo las siete- contestará ella mientras le oculta el pecado de haber visto una película a solas4. Y se sentirá un poco culpable por haber pasado un rato feliz sin necesidad de confesarlo, sin que los niños la interrumpan y, sobre todo, sin tener que compartir los comentarios con Tomás y comprobar de nuevo, al final de cada película, que pertenecen a galaxias diferentes. 20 -No me digas que te ha gustado- le dijo la última vez que fueron juntos -. Este bodrio5 no te ha podido gustar. -Es una obra maestra- contestó ella sin inmutarse porque sabía de antemano que no la entendería. Habían visto Dublineses, de Huston, y ella salió del cine secándose los ojos. Él 25 creyó que tenía sueño. -Pero si en toda la película no pasa nada en absoluto. -Por eso mismo –dijo, y cuando le oyó reír, se arrepintió6 haber ido con él. Esa noche en Madrid hacía el mismo frío que en el Dublín de Joyce, y el carruaje tirado por caballos era un Audi gris donde se sintió tan sola como la Gretta del