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Hoy es fiesta La familia de Raquel se exilió a Francia a raíz de la guerra civil y desde entonces reside en la capital francesa. Raquel nació en París. Raquel aún no entendía de relojes, pero se dio cuenta de que era muy tarde porque las persianas filtraban un resplandor
Hoy es fiesta La familia de Raquel se exilió a Francia a raíz de la guerra civil y desde entonces reside en la capital francesa. Raquel nació en París. Raquel aún no entendía de relojes, pero se dio cuenta de que era muy tarde porque las persianas filtraban un resplandor que pintaba el aire con ráfagas de luz, y era jueves, de eso estaba segura, había ido contando los días que faltaban para que la tía Olga la llevara al cine con los primos, se lo había prometido, y aún quedaba un 5 día y una noche para que empezara el viernes. Entonces sonó el timbre de la puerta y era ella, la tía Olga, por la mañana, sola y chillando1 también. Raquel se asustó. Se quedó muy quieta, en la cama, intentando calcular qué habría pasado, hasta que escuchó llorar a su hermano Mateo, y se levantó sin pensar, y salió corriendo. Estaban todos en la cocina, tan tristes, tan sombríos como nunca les había visto. La 10 tía Olga se sonaba la nariz2 mientras ponía la cafetera en el fuego, mamá tenía los ojos hinchados3, pero parecía más ocupada en calmar al niño que en tranquilizarse ella misma, y la abuela meneaba la cabeza entre suspiros tan hondos como si le costara trabajo respirar. Su marido, sentado ante la mesa vacía, los brazos inertes, colgando a los lados del cuerpo, fue el único que la vio llegar. 15 - ¿Qué pasa? – Raquel se acercó para sentarse en sus rodillas sin pedir permiso. - Que se ha muerto Franco- y él la abrazó apretando fuerte, como si se alegrara de haber encontrado algo que hacer con las manos. - ¿Y no hay colegio? - Para ti no. Hoy es fiesta. 20 - Pues, no estáis muy contentos, que se diga… Él parecía el más triste de todos, pero al escucharla se echó a reír, y su mujer, su hija, su nuera, le siguieron con muchas ganas. Entonces empezó la fiesta verdadera, un día larguísimo y extraordinario, quizás no el más raro de todos los días que Raquel viviría pero sí el único en el que le dejaron hacer lo que le dio la gana desde 25 por la mañana hasta por la noche. A la hora de comer seguía en camisón, no se había tomado la leche, había engullido a cambio un paquete entero de galletas de chocolate,