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Mis amigos y mis compañeros se reían de mí por otra costumbre de mi casa que, sin embargo, esas burlas1 no pudieron extirpar. Cuando yo llegaba a la casa, mi papá, para saludarme, me abrazaba, me besaba, me decía un montón de frases cariñosas2 y además, al final, soltaba una
Mis amigos y mis compañeros se reían de mí por otra costumbre de mi casa que, sin embargo, esas burlas1 no pudieron extirpar. Cuando yo llegaba a la casa, mi papá, para saludarme, me abrazaba, me besaba, me decía un montón de frases cariñosas2 y además, al final, soltaba una carcajada. La primera vez que se rieron de mí por “ese saludo de niño 5 consentido3”, yo no me esperaba semejante burla. Hasta ese instante yo estaba seguro de que ésa era la forma normal y corriente en que todos los padres saludaban a sus hijos. Pues no, resulta que en Antioquia* no era así. Un saludo entre machos, padre e hijo, tenía que ser distante, bronco4 y sin afecto aparente. Durante un tiempo evité esos saludos tan efusivos si había extraños por ahí, pues me 10 daba pena y no quería que se burlaran de mí. Lo malo era que, aun si estaba acompañado, ese saludo a mí me hacía falta5, me daba seguridad, así que al cabo de algún tiempo de fingimiento6, resolví dejar que me volviera a saludar igual que siempre, aunque mis compañeros se rieran y dijeran lo que les diera la gana. Al fin y al cabo ese saludo cariñoso2 era una cosa de él, no mía, yo lo único que hacía era dejarlo hacer. Pero no todo fue burla 15 entre mis compañeros; recuerdo que una vez, ya casi al final de la adolescencia, un amigo me confesó: “Hombre, siempre me ha dado envidia de un papá así. El mío no me ha dado un beso en toda la vida.” -Tú escribes porque fuiste un niño mimado3, un “spoiled child”- me dijo una vez alguien que se decía amigo mío. Lo dijo así, en inglés, para mayor escarnio, y aunque me 20 dio rabia, creo que tenía razón. Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. En un cuaderno de apuntes (que yo recogí después de su muerte bajo el título de Manual de tolerancia) escribió lo siguiente: “Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y 25 para que luego su bondad aumente su felicidad”. Es posible que nadie, ni los padres, puedan hacer completamente felices a sus hijos. Lo que sí es cierto