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DOCUMENTO 1 El narrador está en su despacho1. Allí se encerraban conmigo los inventores. Discutíamos tumbados a medias o hundidos en los grandes sillones de cuero o inclinados sobre el tablero de dibujos y muchas veces era como si yo fuera un confesor. El inventor humilde, visionario que venía con
DOCUMENTO 1 El narrador está en su despacho1. Allí se encerraban conmigo los inventores. Discutíamos tumbados a medias o hundidos en los grandes sillones de cuero o inclinados sobre el tablero de dibujos y muchas veces era como si yo fuera un confesor. El inventor humilde, visionario que venía con sus dibujos en una cartera de cuero que compró especialmente para ellos –él que nunca usó 5 una cartera semejante-, no acertaba a abrir su broche y se dejaba caer en el sillón. – ¿Quiere usted cerrar la puerta? Me volvía a María y le decía: – ¿Quiere usted dejarnos solos, señorita? Ya le avisaré –Se marchaba cerrando la puerta tras sí. 10 – Pues… yo he venido aquí porque Don Fulano2 -otro cliente- me ha dicho que son ustedes de toda confianza y que uno puede hablar. El hombre retorcía las frases, rehuyendo3 tener que mostrar sus dibujos, temiendo que le robaran los millones que iba a ganar. ¡Qué trabajo costaba convencer a estos hombres que su invento no era invento y que el 15 mundo lo conocía hacía muchos años! O que su mecanismo reñía con los principios de la mecánica y no podía funcionar. Unos muy pocos, se convencían y se iban agobiados4, destruidos; los había matado y me daban pena. Pero la mayoría me miraban con sus ojos febriles, con lástima5, con mucha lástima, y exigían que les solicitara la patente6. ¡Yo no podía comprender su genio! Pero ellos habían venido a mí no a convencerme, sino a que 20 les obtuviera una patente. Después ellos convencerían al mundo de su invento. […] Tenía que escucharles cómo se les ocurrió la idea, el calvario que habían pasado y sus esperanzas fantásticas. Porque el inventor ingenuo7 cree que su invento va a revolucionar el mundo y tiene una aritmética especial para su uso particular. ¡Oh son modestos, muy modestos en sus ganancias! Pero no en su invención. 25 –Imagine usted –me decían– que sólo uno entre mil de cada habitante de España compre mi aparato. A cinco pesetas son cien mil pesetas. Y luego llévelo usted a América, con los millones de gente que hay allí. ¡Millones de dólares, mi amigo! Porque América es la Meca del inventor. Arturo Barea, La llama (ed. Plaza y Janes), 1986 1 el despacho: le bureau 2 Don Fulano: Monsieur Untel 3 rehuyendo= evitando 4 agobiados= desesperados 5 la lástima= la